[El texto que sigue es obra de HÉCTOR MARTÍN reproducido a modo de colaboración].

Huyen por puro miedo. Tienen pánico al terror. El terror que viven en sus casas, siempre con la incertidumbre de que en cualquier momento caerá una bomba sobre su tejado, sobre el autobús que utilizan para ir a la escuela, o que alguna bala perdida vaya a parar al corazón de su padre, su madre o su hermano. Mejor salir de allí en busca de un lugar más seguro, ahora bien, lo difícil es encontrarlo.

El último Informe del Desarrollo Humano de 2009, que trata como tema monográfico las migraciones, dedica un espacio a los desplazamientos por razones de inseguridad. La expresión razones de inseguridad engloba muchas causas. En las próximas líneas nos aproximaremos a algunas de ellas y trataremos de dar respuesta a una cuestión más general: ¿Por qué se desplazan las personas?

El drama de los refugiados
El Informe aporta un dato sorprendente: “El conflicto y la inseguridad ocasionan apenas cerca de una décima parte de la migración internacional y la vigésima de la migración interna”. Sorprendente por escaso. Precisamente en África se podría pensar que la principal causa de desplazamiento de personas son las guerras constantes en las que se ven envueltos los países, muchas de ellas provocadas por una delimitación de fronteras hecha con escuadra y cartabón. En 2009, se contabilizaron en el continente negro once zonas de conflicto reciente (y otras tantas de las que el hemisferio norte aún no sea consciente), todas ellas en el África subsahariana: Sierra Leona, Liberia, Costa de Marfil, Chad, Sudán, Somalia, Congo, República Democrática del Congo, Uganda, Ruanda, Burundi y Angola.

Este capítulo del Informe se centra mucho en los refugiados (migrantes internos). En este caso, sabemos desde hace tiempo que el conflicto de Darfur, en Sudán, es el que provoca mayor número de desplazados: casi cinco millones de personas en 2009.

El tema de los campos de refugiados merece un capítulo aparte. Por seguir con África, la mayor parte de estos desplazados por el conflicto crean campos de refugiados, generalmente en mitad del desierto o en el lugar más yermo de la Tierra. Los más conocidos son los casos los campos en Chad provocados por el conflicto en Sudán y los asentamientos de población saharaui en territorio argelino. Aunque según el Informe, el mayor flujo de refugiados en 2007 se produjo entre República Centroafricana y Camerún y entre Somalia y Kenia.

“Los campamentos apenas albergan a un tercio de quienes resultan desplazados por el conflicto”, dice el Informe. “La mitad de los 26 millones de desplazados internos que hay en el mundo recibe ayuda de la ACNUR, la OIM y otras organizaciones”, continúa. Debe ser esa mitad desprotegida la que se encuentra en el interminable conflicto palestino-israelí. Su población no vive segura en esos lugares y sí absolutamente apresada por los puestos de control del Ejército israelí. El documental Promises resulta escalofriante en este aspecto. Unos gemelos israelíes, para nada implicados en el conflicto, cuentan al principio del mismo su temor en coger el autobús para ir a la escuela, ante el peligro de un atentado. Desde el otro lado, desde los campos de refugiados árabes, los chavales cuentan cómo han perdido a sus padres, a su hermana o a su mejor amigo por culpa de los enfrentamientos con el Ejército israelí.

El Informe destaca que menos de un tercio de los refugiados palestinos vive en los campamentos de refugiados administrados por la OOPS (Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente).

Cabe distinguir, pues, entre dos tipos de protecciones para los refugiados. Por un lado la protección humanitaria, la que aportan la ONU y la comunidad internacional. Y por otro lado la protección opresiva, los que viven en un clima de tensa calma creado por el ejército del país que les acoge. Según el Informe, Uganda es el país africano cuya legislación está más avanzada en cuanto a la acogida de refugiados (“cerca del 44% de la población de los campamentos en edad de trabajar tenía empleo”). En España, por lo menos les concedemos el derecho a la atención médica y tienen mes y medio para conseguir los papeles, aunque luego tengan que pasar buena parte de su estancia aquí huyendo de la Policía.

En busca de una vida mejor
Hace pocas semanas, tuve la oportunidad de ver en el cine la película Flor del desierto, basada en la vida de Waris Dirie, modelo somalí que ha propagado por todo el mundo y desde las más altas tribunas las atrocidades de la ablación. Su historia es oportuna en nuestra exposición.

Waris Dirie vivía con su madre y con su hermano pequeño en una aldea en mitad del desierto de Somalia. Las condiciones de insalubridad y falta de comida y agua potable eran flagrantes. Como a millones de mujeres en África, le hicieron la ablación a los cinco años (El día que me cambió la vida, como tituló su autobiografía). La tumbaron sobre una roca, le abrieron con el canto de una piedra y le cosieron con pinchos de zarzas. La sangre resbalaba sin reparo.

Después de esto, Waris decidió salir de allí en busca de su abuela, que vivía en la capital, Maputo. Un día empezó a andar, toda una travesía por el desierto, fue recogida en la carretera por unos hombres que intentaron violarla, escapó y llegó a Maputo. Su abuela le llevó a la vecina Kenia, como tienen que hacer millones de emigrantes que no pueden salir de su país. Le pagó un vuelo a Londres, donde la acogería una tía suya en la embajada.

Apenas 15 años después de estos sucesos, hoy Waris Dirie es una señora de 40 años bastante altiva, según el periodista de El País que la entrevistó recientemente. Pero su lucha contra la ablación ha cosechado éxitos legales en varios países africanos, que ya han abolido está práctica. Sin embargo, aún se sigue practicando en 28 países del continente, e incluso las familias inmigrantes africanas la llevan a sus países de destino, encontrándose casos en Europa (Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, etc.) y América (Estados Unidos, Canadá…).

Quizá sea este uno de los factores por los cuales los inmigrantes no encuentran fácil acomodo en la sociedad de destino. Su integración es compleja debido a que la mayoría de ellos se niegan a renunciar a ciertas prácticas culturales que no son aceptadas en su nuevo lugar de residencia.

Waris Dirie no huyó de una guerra ni nada parecido, lo hizo para buscar una vida mejor. A tenor del dato aportado al principio (entre el 10% y el 20% de los desplazados son por causas de conflicto o inseguridad), quizá sean más los que encuentran estas motivaciones para salir de sus países de origen. La mayoría de los inmigrantes sudamericanos, rumanos e incluso africanos que recibimos en nuestro país vienen por este motivo.

Algunos de ellos viven en países con un escaso nivel de desarrollo y vienen a España en busca de un trabajo mejor (rumanos y africanos). Otros, como algunos sudamericanos, son perseguidos políticamente en sus países de origen por mostrarse opositores a regímenes que no admiten un no por respuesta. Así ocurre a menudo entre venezolanos y cubanos, por ejemplo.

Viven en regímenes represivos, faltos de libertad muchos de ellos, o inseguros ante una posible persecución por motivos políticos. Esto ocurre también a los millones y millones de inmigrantes chinos en todo el mundo. Sólo es necesario dar un dato sobre la inmigración china: el 17% de la población de la ciudad de Seattle, que posiblemente no esté entre las 10 ciudades más importantes de Estados Unidos, es china.

En su caso, la aclimatación al nuevo hogar es más difícil. En primer lugar por la dificultad del idioma, en las antípodas de las lenguas occidentales. Pero no menos importante es que los chinos se han criado en la cultura del miedo, en la prohibición de levantar la cabeza y gritar a los cuatro vientos lo que piensan de su arcaico régimen político. ¿Por qué si no, allá donde van, crean sus propios barrios? ¿Por qué existe un China Town en Londres, Nueva York o Seattle? Su cultura es mucho más lejana que la sudamericana o la rumana. La ventaja es que, adonde quiera que vayan, siempre encontrarán compatriotas.

Creo firmemente que una de las mejores virtudes que puede tener un ser humano es la empatía. Si conocemos las motivaciones que llevan a los inmigrantes a abandonar sus países de origen, muchas veces en contra de su voluntad, podemos comprender por qué están aquí y entender mucho mejor sus actitudes y actuaciones. No se trata de ver el vaso medio vacío; “es que lo inmigrantes quitan trabajo a la gente de aquí”, se suele decir. Ni tampoco de verlo medio lleno (todo eso de la riqueza intercultural, la mezcla de razas, etc.). Sino simplemente de verlo con perspectiva, desde una posición tolerante. Quizás saber que posiblemente ellos un sus países de origen, no tuvieran comida, agua potable o libertad para opinar, nos haga verlos con otros ojos.

Al fin y al cabo, en España sabemos bastante de migraciones. No olvidemos nuestra historia.



 Migraciones (II): Desplazados por inseguridad

Sobre el autor: miradasdeinternacional


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