img 4260 pt Camboya se prepara para el gran juicio a los Jemeres Rojos

Fotos expuestas de víctimas de los Jemeres Rojos en la prisión S-21./ Laura Villadiego

Han pasado más de 30 años, pero no han olvidado. Mañana comienza el gran juicio a los Jemeres Rojos, el que sentará en el banquillo de los acusados a los cuatro líderes aún vivos. El jefe de Estado de la Kampuchea Democrática, Khieu Samphan; el ideólogo y número dos de la organización, Nuon Chea; el ministro de Exteriores, Ieng Sary; y su esposa y ministra de Asuntos Sociales, Ieng Thirith, tendrán que responder por la muerte de unos dos millones de personas entre 1975 y 1979.

Sus puestos clave en el régimen, especialmente el de Nuon Chea, encargado de la política de seguridad interna y, por tanto, de muchas de las muertes, han despertado un mayor interés que el primer juicio, el que sentenció a Duch, director de la prisión S21, a 35 años de prisión. “Nosotros sólo esperamos que nos respondan a una pregunta: ¿por qué? ¿por qué mataron a su propio pueblo?”, asegura Theary Seng, presidenta de la Asociación de Víctimas de los Jemeres Rojos.

Este segundo caso juzgará por primera vez la totalidad de crímenes cometidos en Camboya entre el 17 de abril de 1975, día de la caída de la capital, Phnom Penh, ante los Jemeres Rojos, y el 6 de enero de 1979, momento en que un ejército vietnamita acabó con la Kampuchea Democrática. Fuera quedarán sin embargo los años previos de guerra civil, a partir de 1970, y el auge del movimiento comunista como consecuencia de la acción de Estados Unidos en la zona o la supervivencia del régimen tras 1979 en ciertos enclaves gracias a la complacencia de la comunidad internacional. Es el gran juicio a los Jemeres Rojos que, no obstante, no va a sumergirse en la totalidad del movimiento ni tendrá en el banquillo de los acusados a grandes figuras como Pol Pot, el líder de los Jemeres Rojos, ni Ta Mok, el número tres y apodado “El carnicero”, ambos muertos antes de recibir justicia.

El juicio no será, sin embargo, inútil para la sociedad camboyana. Más allá de la posible sensación de justicia que pueda crear, proveerá sin duda de valiosa información sobre el régimen y sobre algunos de las políticas allí desarrolladas. En concreto, el tribunal va a centrarse en los continuos desplazamientos de población, en el establecimiento de cooperativas agrarias, en la política de reeducación y de eliminación de enemigos, en la regulación de los matrimonios forzados y en el genocidio de la minoría musulmana cham, de la población vietnamita y de los monjes budistas.

Los acusados, que pueden ser condenados como máximo a cadena perpetua, se enfrentan así a los cargos de crímenes contra la humanidad, graves violaciones de la Convención de Ginebra de 1949 para la protección de víctimas de guerra (crímenes de guerra), genocidio de la comunidad cham y de la población vietnamita y otras ofensas según el Código Penal camboyano de 1956, como asesinato, tortura o persecución religiosa.

No será un juicio fácil. Casi 4.000 personas han sido aceptadas como partes civiles y sus testimonios serán evaluados por los jueces (aunque sólo unos pocos testificarán en la sala de audiencias), así como sus peticiones de reparaciones por los daños sufridos, que tendrán un carácter simbólico. Es además la primera vez que un tribunal internacional permite la figura de “parte civil”, en un proceso que ha resultado demasiado complejo para un país donde la educación sufrió un duro golpe durante los Jemeres Rojos y el acceso a los medios de comunicación es limitado.

Tampoco será fácil afrontar un juicio de tales magnitudes para un tribunal que se encuentra en una fuerte crisis de credibilidad por las acusaciones de injerencia política por parte del gobierno camboyano, que se ha mostrado contrario a la apertura de nuevos casos y cuyos deseos parecen estar cumpliéndose.

La primera sentencia a Duch, emitida en julio de 2010, dejó un sabor agridulce entre la población camboyana. Este segundo caso nace con mayores expectativas y la caída podría ser peor, pero también podría compensar el historial de luces y sombras que tiene el tribunal. Probablemente no pasen menos de dos años para ver el final de este complejo juicio, un tiempo en el que alguno de los acusados, que tienen entre 79 y 85 años, podría morir. Los camboyanos no tienen, sin embargo, prisa por escuchar una sentencia y prefieren oír confesiones y arrepentimientos. Llevan 30 años sin saber por qué lo hicieron; sólo una explicación puede darles justicia.

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Sobre el autor: Laura Villadiego


Laura Villadiego es licenciada en Periodismo y en Ciencias Políticas. Está afincada en Tailandia, desde donde cubre la región del Sudeste Asiático colaborando para diversos medios. Tiene además un blog personal, El Mundo Desencajado.

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