800px Election MG 3455 600x399 Elecciones en Francia: las reglas del juego

Una urna electoral en las elecciones presidenciales francesas de 2007./ Rama

Francia ha comenzado la carrera electoral para elegir a su nuevo presidente de la República. Son, sin duda, los comicios más importantes que se celebran en el país galo, aunque no son los únicos que determinan la política del país. Francia ha sido a menudo calificada como el prototipo de sistema semi-presidencialista. La principal diferencia con un sistema propiamente presidencialista, como el de Estados Unidos, es que en Francia el presidente comparte las funciones ejecutivas con un primer ministro.

La diferencia sería poco significativa si no fuera porque la elección del primer ministro escapa del control del presidente, puesto que necesita la aprobación del Parlamento. Así, en el caso de que la Cámara Baja esté controlada por la oposición, el presidente puede encontrarse con un socio incómodo con el que gobernar. Es el fenómeno conocido como cohabitación, vivido en tres ocasiones desde que en 1958 se instauró la V República, que suele sumir a Francia en periodos de inactividad y de predominancia del parlamento. En esos periodos, el presidente se convierte en una figura más simbólica con poco margen de maniobra.

Lo contrario es lo que ha ocurrido durante los últimos años en los que Nicolas Sarkozy ha estado al frente de la presidencia. Con un parlamento controlado por su mismo partido, el presidente ha tenido libertad para hacer y deshacer, apoyado sobre su primer ministro, François Fillon, que ha sido quien ha materializado en reformas los discursos populistas de “Sarko”.

El sistema electoral francés está, por tanto, caracterizado por esta doble cita ante las urnas para decidir la composición del ejecutivo: la elección directa del presidente de la República y la indirecta del gobierno, a través de la Asamblea Nacional. Ambas elecciones son independientes y tradicionalmente se habían celebrado en momentos diferentes, aunque han coincidido en los últimos dos comicios, después de que el mandato presidencial de 7 años fuera igualado a los cinco años de la legislatura parlamentaria. Con la reducción del mandato, se limitó además a diez años el tiempo máximo que una misma persona puede ocupar el cargo, es decir, a una única reelección.

La otra característica fundamental es que ambos comicios, como todos los demás que tienen lugar en Francia (cantonales, municipales), se desarrollan según un sistema mayoritario a dos vueltas, en el que solo el candidato que venza con mayoría absoluta en la primera vuelta se librará de batirse de nuevo en una segunda. En el caso de las presidenciales solo pasan a la segunda vuelta los dos candidatos más votados, mientras que en las legislativas pasa todo aquel que haya obtenido más del un 12.5% de los votos inscritos, independientemente de los que efectivamente se emitan.

Sistema electoral francés: un modelo poco proporcional

La principal consecuencia de este sistema electoral es la baja proporcionalidad entre los resultados registrados en las urnas y el reparto de escaños. Esta proporcionalidad es aún menor en el caso de la elección del presidente de la República, puesto que hay un único puesto por repartir. Sin embargo, en el caso de Francia, el sistema mayoritario no ha llevado a un sistema de bipartidismo, como en el Reino Unido, ya que la necesidad de establecer alianzas en la segunda vuelta y de llamar al voto útil de la misma tendencia ideológica ofrece mayores posibilidades a los partidos pequeños.

Otra de las razones que da fuerza a los partidos pequeños, en el caso específico de las presidenciales, es que el distrito es único para todo el país, por lo que tienen mayores posibilidades de reunir el voto disperso. A esto se añade además un electorado poco fiel, que se encuentra con un amplio abanico de posibilidades dentro de cada tendencia ideológica, por lo que la batalla electoral es normalmente más dura entre los partidos con la misma orientación, que entre la izquierda y la derecha.

Quizá uno de los principales rasgos del sistema presidencial francés es su elitismo, ya que solo los candidatos que cuentan con un amplio respaldo de la calse política pueden conseguir los 500 avales procedentes de un número reducido de unos 42.000 padrinos, título al que solo tienen derecho parlamentarios, miembros de los Consejos regionales, de las Asambleas de los Territorios de ultramar, alcaldes o miembros elegidos del Consejo Superior de los Franceses en el Extranjero. Esto ha reforzado el personalismo de las candidaturas a la presidencia, en las que importa más quién se presenta que el partido que le respalda.

En las elecciones legislativas, que se celebrarán en el mes de junio, el sistema es similar, pero a pequeña escala, ya que los escaños se deciden en 577 distritos a razón de un diputado por circunscripción. Una novedad interesante que estrenará Francia en junio será la creación de 11 nuevos escaños que representarán exclusivamente a los ciudadanos residentes en el exterior. Pensando especialmente en ellos, Francia ya había diseñado anteriormente el sistema de procuración, por el que puede otorgar una autorización a una persona cercana para que vote en su lugar en el caso de no poder acudir directamente a las urnas.

En definitiva, las reglas del juego electoral galo son complicadas y poco proporcionales, pero el personalismo de las candidaturas y la posibilidad de que el presidente sea quien realmente marque la política durante los cinco años siguientes lanzan a los franceses a las urnas en un complejo juego de convicciones reales y voto útil.

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Sobre el autor: Laura Villadiego


Laura Villadiego es licenciada en Periodismo y en Ciencias Políticas. Está afincada en Tailandia, desde donde cubre la región del Sudeste Asiático colaborando para diversos medios. Tiene además un blog personal, El Mundo Desencajado.

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