Islamismo rima con fobia y miedo en el Norte de África. También en el resto del mundo árabe, cómo no. Ahora que Al Qaeda, la franquicia que durante un tiempo sonó más que Starbucks y McDonald’s en el imaginario occidental, parece sufrir una profunda crisis de madurez y que el yihadismo no se ha ganado de calle los corazones de los musulmanes de todo el mundo como más de uno pensó, los temores los concentra, por extensión, el islamismo. Pero, ¿qué es eso del islamismo? ¿Son todos sus militantes radicales?
El ser humano necesita de la existencia continua de fórmulas y marcos teóricos para ir dando sentido a lo que el río de los hechos desparrama en nuestra acelerada existencia para desconcierto propio. La llamada Primavera Árabe, voz discutible pero afortunada, estalló a comienzos de 2011 en un impulso de hartazgo extendido por efecto mimético gracias a la acción de Internet y las redes sociales a través de pueblos de cultura y tradición árabe del Atlántico al Índico.
A todos estas gentes, de ciudadanos sería impreciso calificarlos, les une, entre otras cosas, soportar diariamente su existencia bajo regímenes dictatoriales. Desde la monarquía de Mohamed VI a la de los Jalifas en Bahréin pasando por la baazista de Bashar El Assad o las de los caídos Hosni Mubarak, Muhammad El Gaddafi y Zine el Abidine Ben Ali, todas se caracterizaron por la ausencia de eso que de forma resumida llamaremos democracia.
Una etapa nueva, cargada de optimismo, se abría al mundo. La revolución; había, al fin, llegado la libertad, la revolución francesa de los árabes, con dos siglos largos de retraso. El fin de la excepción árabe: resultó al final que no tenían estos pueblos nada genético que los imposibilitara para vivir sin el yugo de un megalómano de uniforme. Pero resultó que después de la euforia internacional sobre el nacimiento de la democracia árabe, simbolizado en las estampas procedentes de la cairota plaza Tahrir con sus pancartas en inglés y sus lemas liberales, de nuevo la preocupación se instalaba en las mentes de Occidente.
Qué chasco, qué decepción, comenzaba a destilar la prensa internacional: la primavera democrática no era tal. Los árabes erre que erre. Los que salieron a la calle a pedir cambio sólo son, en verdad, una parte minoritaria de las sociedades de Egipto, Argelia, Marruecos, Yemen, Libia y el resto. En el fondo, piensan los occidentales desde sus despachos en Londres, París o Washington, a estos árabes les gusta que les manden con mano dura.
Y, sobre todo, que no nos engañen con lemas laicos: los árabes son todos musulmanes militantes. Son islamistas. Por no decir otra cosa. Resulta que se les da la opción de votar, se piensa en el Oeste, y de hacerlo por partidos de inspiración socialdemócrata, laicos o liberales para dejar atrás siglos de oscurantismo y represión y les da por echar la papeleta de los islamistas. Los barbudos. Los que quieren regresar a la Edad Media.
En la laica Túnez gana las primeras elecciones libres Ennhada, el partido del viejo Rashid Gannouchi, un radical venido a menos que en su día diera la razón al mártir Bin Laden. Y salen a la calle de las urbes de la vieja Cartago cada vez con más descaro los grupos de barbudos salafistas pidiendo que la nueva Constitución sea como a ellos les gustaría. En Egipto las elecciones a la primera Asamblea Nacional de la era post Mubarak se la llevan de calle los Hermanos Musulmanes, los de el Islam es la solución, y les siguen los salafistas, los reaccionarios de los reaccionarios; los que prohibirían hasta la luz eléctrica por inmoral.
En Marruecos el rey Mohamed VI, preocupado por la posibilidad de que a sus dominios llegara también la protesta, a poco que deja que las elecciones sean menos amañadas que de costumbre, ve cómo ganan las legislativas los amigos de Ennhada y la Hermandad: el Partido Justicia y Desarrollo. Sin dejar el Magreb, en la Libia post Gaddafi todo apunta a que los islamistas, o sea, los que tienen al Islam y la sharia como referencia máxima para legislar y gobernar, ganarán en cuanto se celebren elecciones. O sea, que no hay mucho que hacer.
Agárrense que vienen curvas. Dar pábulo a los temores del socorro que vienen los islamistas es tan caricaturesco como estéril. Meterlos a todos con sus barbas rizadas en el mismo saco ideológico equivaldría a calificar de ateos militantes a todos los partidos políticos de la descreída Europa. Las trayectorias, inspiraciones y marcos políticos y geoestratégicos harán de cada caso, de cada experiencia nacional, una realidad bien distinta. Porque, sobre todo, jugará la compleja situación presente el papel de crudo general verano: la que, en última instancia, marcará la agenda a esta amalgama variopinta de partidos de inspiración teórica islámica que asusta hoy a cancillerías y analistas occidentales.
“Por lo menos no han ganado los islamistas”, afirmaba con alivio el ministro de Exteriores español García-Margallo al conocerse los resultados de las legislativas argelinas del pasado diez de mayo. Como si se tratase de un barcelonista feliz al conocer la derrota del Madrid en las semifinales de la Champions contra el Bayern para mitigar la frustración por la suya propia. La realidad indica, sin embargo, que no es el islamismo lo que más deben temer Europa y EEUU respecto al norte de África y, en general, al mundo arabo-musulmán en estos momentos. Ya quedó claro en las explosiones de indignación popular de todo 2011 y lo que llevamos de 2012 que, mayoritariamente, no se pide precisamente la instauración de un régimen como el de Irán.
“Es la economía, estúpido”, que diría el otro. Es la dramática realidad de una población insultantemente joven y lastrada por el paro y la falta de oportunidades profesionales. Es la falta de libertades heredada de un régimen a otro, de una autocracia a otra. Es la ausencia de una tradición de respeto a las minorías, a la convivencia y al debate entre diferentes. Las graves carencias en educación y alfabetización. Es, sobre todo, en esta hora clave, la delicada situación económica. Lo advierte Mohammed Samhouri, del Regional Center for Strategic Studies del Cairo: “Olviden las promesas realizadas durante la campaña electoral: reducidas a la mínima expresión se quedan al compararlas con los enormes y urgentes retos fiscales que el próximo presidente egipcio tendrá que afrontar a partir del primero de Julio”.
Los Hermanos Musulmanes, principal inspiración política del islamismo suní en todo el mundo árabe, ya se han dado cuenta de que los tiempos han cambiado y desde hace meses viven un profundo debate interno entre sectores liberales y reaccionarios. El islamismo, o sea, toda esa pléyade de grupos frecuentemente simplificados como fieles devotos y antioccidentales, tiene ante sí, desde Marruecos a Egipto, tal vez el reto de mayor alcance de su historia. Les ha llegado la hora de la verdad. Hay que gobernar. Arremangarse las chilabas y ponerse a solucionar problemas: garantizar la seguridad, establecer relaciones diplomáticas con la vecina Europa y el todopoderoso EEUU, llevar el suministro de luz y agua a toda la población, poner coto a la corrupción, atraer inversiones, turistas y aumentar las exportaciones, evitar la quiebra del Estado; crear, en fin, miles de puestos de trabajo. Etcétera. Y la sociedad empezará a exigirles cuentas terrenales.
También de implicarse a fondo en el arduo proceso de instauración de la democracia, tarea cuyo mero preámbulo quedó inmortalizado en las postales de plazas abarrotadas de gente valiente. Los jóvenes –que son la mayoría– tienen ahora facebook y twitter; también tienen claro que no quieren más dictaduras represivas aunque tampoco saben demasiado bien cómo construir la democracia. La buena estrella de los islamistas en este momento de retos ingentes determinará parte del éxito de estas esperanzadoras experiencias revolucionarias. Un éxito que será bueno para el mundo islámico y también para el resto de la comunidad internacional. A buen seguro que en los próximos tiempos se oirá hablar desde el norte de África mucho más de fondos y préstamos internacionales que de versículos coránicos para sorpresa de los sobrecogidos observadores del Occidente infiel.



1 comentario
Jhon
says:
Jun 16, 2012
¿aun crees que la solución a los problemas que vive el mundo están en el “Capitalismo”, Destrucción del planeta -progreso y productividad, antivalores-competencia y autosuficiencia, imposición disfrazada-Democracia? solo recuerda “esta vida no es más que el disfrute pasajero de un engaño”.