La mítica ciudad de Tombuctú, una de las ciudades santas del Islam y Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1988, se enfrenta a la ira de los extremistas de Ansar al Din (Defensores de la Religión), que junto al Movimiento Nacional de Liberación del Azawad se hizo con el poder en toda la región norte de Mali hace tres meses.
En las últimas semanas, el ala más islamista de los rebeldes ha comenzado un proceso de radicalización de la zona norte de Mali, que ha llevado a la aplicación de la Sharia y está provocando la destrucción de históricos lugares de culto en la ciudad. La gravedad de la situación ha llevado a la UNESCO a inscribir los monumentos de la ciudad en la lista del patrimonio mundial en peligro.
La intolerancia religiosa ha llevado a los extremistas a prohibir el tabaco y el alcohol, jugar al fútbol o escuchar música y, por supuesto, ha impuesto un férreo control sobre las relaciones personales y sexuales, llegando a castigar a una pareja con cien latigazos por tener un hijo fuera del matrimonio.
A la presión contra la población se ha unido ahora la persecución contra los monumentos, especialmente los mausoleos – ya se han destruido los sepulcros de Sidi Mahmoud, Alpha Moya y Sidi Moctar-, por considerar que la adoración de los santos atenta contra el verdadero Islam y que se trataría de una forma de herejía.
El patrimonio de Tombuctú, la ciudad de los 333 santos, en peligro
Conocida como la ciudad de los 333 santos, Tombuctú esconde multitud de tesoros entre las paredes de sus mezquitas y museos y cuenta con una valiosísima colección de manuscritos, en los que se guarda buena parte de la historia del África subsahariana y sus relaciones con Oriente Medio (por su situación privilegiada entre el río Níger y el desierto del Sáhara).
En declaraciones a AFP, la fiscal de la Corte Penal Internacional Fatu Bensuda declaró la semana pasada que la destrucción de mausoleos es un “crimen de guerra” que podría llegar a ser investigado por la CPI, y la propia Convención de 1954 para la protección de Bienes Culturales exige que, en caso de conflicto, los contendientes salvaguarden el patrimonio histórico y cultural. Tal y como contaba Serge Daniel, periodista de la misma agencia, la mismísima asociación de líderes religiosos de Malí ha condenado “el crimen de Tombuctú”, alegando que “hasta el profeta (Mahoma) iba a visitar las tumbas y los mausoleos. Eso es intolerancia”.
La actuación de los últimos meses indicaría, como cuenta Jose Naranjo, que “lo que empezó como una rebelión de los tuaregs ha acabado convirtiéndose en el surgimiento de una nueva Afganistán”, lo que sin duda representa una amenaza para la franja del Sahel y toda África. Porque los islamistas se han convertido en los verdaderos ganadores de una rebelión relámpago que en enero de este año permitió a los rebeldes tuaregs apoyados por los islamistas hacerse con el poder en el norte de Mali. Una alianza de intereses para acabar con el gobierno de Bamako que se ha mostrado de fatal resultado para los tuaregs del MNLA, de tendencia mucho menos radical.
Mientras tanto, en el resto del país sigue existiendo una fuerte estabilidad tras el golpe de Estado que el mismo mes de enero destituyó al presidente Amadou Toumani Touré y que llevó al poder, primero, a un grupo de militares encabezados por el capitán Amadou Haya Sanogo; y más tarde a un gobierno interino que apenas tiene legitimidad ni fuerza suficiente para tomar el control en la zona controlada por Bamako. En esta situación, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se ha opuesto a una intervención militar en el norte, a pesar de que la Unión AFricana lo había solicitado.


